Inglés
Cultura
escrito por Graciela Beatriz D´amico   
martes,, 08 de febrero de 2011

Letras en Verde

BAHÍA BLANCA, ARGENTINA/ Hace varios meses comenzamos a publicar los cuentos de una querida autora argentina, si bien no están directamente relacionados con nuestros temas, en holaverde.com consideramos que tienen un espacio importante.

Hoy, luego de un tiempo, volvemos con más cuentos porque la cultura también tiene un lugar en nuestro Magazín.

La siguiente es una historia sencilla, pero que seguro traerá recuerdos a cada uno de ustedes! Y de nuevo los dejamos con las letras verdes de Graciela Beatriz D'amico.

INGLÉS

Del amplio abanico de ejemplos que conocí en mi infancia, entre maestros y profesores, hoy me pongo a recordar a las señoritas y señoras que me enseñaban inglés en forma particular.

La primera que conocí a los seis años vivía a dos cuadras de mi casa. Para entrar a su casa había que pasar por un corredor soleado, lleno de macetas y plantas, todo muy prolijo. Ella era una dulzura...

Bookmark and Share

Rendir

A fin de año había que rendir el examen de lo aprendido con los dueños del Instituto Billinghurst. Bastante susto daba.

La señora Oates, como se llamaba, me examinó y con una carita maternal me puso un diez.

La nueva

Otra fue la señorita Dindurria, ella se casó y se fue a vivir a Mendoza, así que tuve que encontrar otra profesora.La elección final recayó en Nilda, que tenía muchos alumnos.

Así que empecé a caminar más y a compartir las clases con nenas que venían del único colegio privado: El Sagrado corazón, quienes de una forma, que creían muy sutil, marcaban las diferencias que encontraban conmigo.

Y yo pensaba: “¿Qué enseñarían en los colegios privados que las pibitas eran tan avivadas?”

El hecho es que compré lindos libros y aprendí muchas cosas y hasta una vez viajamos a Buenos Aires a rendir un examen y a conocer el famoso Ital Park en Recoleta.

Paso adelante

Así pasaron varios años, hasta que un día, adolescentes ya, Nilda sugiere que para pasar el examen escrito, si teníamos dudas, nos copiáramos.

Llegar a mi casa y contarlo fue sólo uno, mi mamá me creyó y llamó por teléfono pidiendo una explicación, como es de suponer la señora dijo que yo había entendido mal. No fui más.

Perdí un año hasta que otra vez decidí retomar las clases con la señorita Domenicheti, personalizadas, mirada comprensiva, gestos de complicidad, una sonrosada gordita de sobrenombre Chita.

¡Sí! Recibí el título al cabo de dos años.